El siguiente cuento es una iniciativa que busca recuperar las obras de temática LGBTIQ mexicanas del siglo XX. La "Colección Espectadores" tiene como objetivo hablar de estas obras para que se abra el debate y se enriquesca la historia de nuestras letras diversas.
"Caronte se desviste de Eros" es un cuento publicado en el año de 1961 por la escritora Ana Mairena quien es conocida como Asunción Izquierdo, una mujer que luchó para convertirse en una de las escritoras mexicanas más importantes de su tiempo. Desafortunadamente, Asunción sufrió represión por parte de su esposo y la crítica literaria ayudó a que sus obras pasaran olvidadas, además, la escritura de mujeres en un país profundamente machista y competitivo sería la punta de lanza de esta historia.
ASUNCIÓN IZQUIERDO
EL CUENTO HOMOERÓTICO EN LA OBRA DE ANA
MAIRENA. UNA NUEVA MIRADA DEL DESPERTAR HOMOSEXUAL
Asunción
Izquierdo Albiñana nació en al año de 1910 en el Estado de San Luis Potosí, sus
padres son de origen español, migraron a México debido a las situaciones
familiares y sociales de su país. El padre de Asunción fundó la primera
librería del Estado, destino que llevó a nuestra escritora a formarse como una
lectora crítica; Asunción expone que la librería de su padre fue la única que
se atrevió a publicar libros de toda especie, razón política que llevó a la
autora a conocer con profundidad la historia de México y también las novedades
del extranjero.
Se casó con el joven Gilberto Flores Muñoz
quien ya estaba adentrado en la política, con el paso del tiempo, Gilberto
entraría en las altas esferas del Partido Revolucionario Institucional (PRI),
por su parte, Asunción comenzó su carrera literaria a la edad de 27 años (año
de 1938) con su primera novela “Andreïda. El tercer sexo”, firmada bajo
el seudónimo de A. Izquierdo Albiñana.
Con el seudónimo de A. Izquerdo Albiñana
publico la novela de Andreïda y la novela “Caos” (en 1940). Para ese
momento, la relación con Gilberto ya era difícil y como novelista no era leída.
En el año de 1945 publica una nueva obra “La selva encantada” bajo el
nuevo seudónimo de Alba Sandoiz.
En 1949 publicó una novela crónica sobre la
fundación de la Ciudad de México, “La ciudad sobre el lago”, esta vez
utilizó el heterónimo de Pablo María Fonsalba, un escritor anónimo construido a
imagen de aquellos hombres que formaban parte del grupo “Los Contemporáneos”; si
nos atreviéramos a darle forma física al heterónimo seguramente Pablo sería un
escritor homosexual, culto, sumamente abierto y conocedor de nuestra historia y
sus tradiciones mexicanas.
Los cambios de nombre surgieron por varias
razones, la constante censura y represión por parte de su esposo Gilberto le
impedían dar cara pública como escritora, ejemplo de ello ocurrió cuando ganó
un premio de cuento convocado por el periódico Universal Gráfico con su
historia “La princesa Vxuu” (publicada en 1949 bajo el heterónimo de Pablo
María Fonsalba), Asunción no pudo ir a la ceremonia de premiación. Además, las
críticas en torno a su obra llegaron al extremo de destruir todas sus novelas,
los críticos pedían una sola cosa de Asunción, “que escribiera como hombre”,
que dejara sus reflexiones femeninas y sus mundos imaginarios para hacer obras
fuertes, atractivas al público lector que en ese tiempo era masculino. El
seudónimo de Ana Mairena nació a partir de esta crisis existencial.
Asunción volvió a empezar de cero, esta vez
con la asesoría del poeta Agustí Batra y el apoyo del pintor Vlady. Su primer
libro como Ana Mairena sería “El cántaro a la puerta” (de 1952) un
poemario de una calidad superior en donde su escritura comienza a desarrollar
un tono oscuro y preciso, sus poemas la ayudaron a cambiar sus reflexiones y
metáforas, en la poesía encontró la oportunidad de desarrollar una de sus
mejores novelas.
“Los Extraordinarios”, publicada en
1960 es una historia inspirada en el asesinato de Mercedes Cassola, una mujer
millonaria que se relacionaba con prostitutos y personas del medio LGBT
underground de la zona de San Juan de Letrán en el Eje Central, el terrible
asesinato inspiró a Asunción a escribir una novela en tiempo récord, Los
Extraordinarios hace un homenaje al grupo intelectual de “Los Contemporáneos”
lidereados por Salvador Novo. La novela concurso en el premio Biblioteca
breve 1960 de la editorial Seix Barral. El concurso se declaró desierto,
pero por decisión del jurado se publicó la novela de Los Extraordinarios. En
este punto Ana Mairena se convierte en una escritora reconocida por los
círculos literarios de la época.
Con toda la experiencia adquirida a lo largo
de los años, Asunción ya tenía todas las bases para crear cualquier tipo de
historia sin ser destruida por la crítica literaria y publicarla en cualquier
medio. Su última novela “Cena de cenizas”, publicada en 1975 es una obra
que contiene todas sus capacidades como escritora, en ella se aprecian las
formas de la poética, la dramaturgia, el relato documental, la narración
cuentística y la historia sociopolítica llevando las escenas hasta el borde de
la angustia lectora.
Su historia como escritora es admirable, nos
muestra como el sueño de una persona se cumple a través del trabajo y el
esfuerzo sin importar la condición socioeconómica y política, Asunción trabajó
mucho para ser reconocida como una autora seria y comprometida con su tiempo,
es aquí donde debemos preguntarnos, ¿por qué nadie habló sobre sus cuentos? La
respuesta es sencilla, nadie sabía que escribía cuentos.
La única investigación realizada sobre la
vida de Asunción Izquierdo fue la novela periodística “Asesinato”
publicada en 1985 por el escritor Vicente Leñero. En el apartado dedicado a la
obra de Ana Mairena no aparece el cuento como una categoría escrita por la
autora, de hecho, absolutamente nadie sabía que Asunción escribía cuentos. Es
hasta el año 2009 que la investigadora Lourdes Franco Bagnouls publica el libro
“Asunción Izquierdo de Albiñana. Narrativa Breve” en donde se compilan
una serie de cuentos de la escritora y se aportan algunas notas y correcciones
sobre su biografía y su obra.
La bibliografía de Asunción Izquierdo abordó
todas las categorías literarias, es en el seudónimo de Ana Mairena donde su
producción literaria tuvo su mayor proyección, además, el tema de la
homosexualidad fue una constante que estuvo presente a lo largo de sus obras:
escenas, frases, descripciones, lenguajes y formas de abordar los géneros
femeninos y masculinos nos hablaban de la diversidad humana, la intersexualidad
y las metamorfosis del ser humano.
El cuento se convertiría en el lugar donde Asunción podría hablar con mayor
libertad sobre la homosexualidad.
***
El
domingo 07 de mayo de 1961 se publicó la edición n°7301 del periódico
Novedades. La sección de cultura estaba a cargo de Fernando Benítez y de
Vicente Rojo, en su suplemento cultural “México en la cultura” se presentó el Festival
del cuento, Una selección de obras conformadas por Armando Ayala Anguiano,
Guadalupe Dueñas, José de la Colina, Mercedes de la Garza, Carlos Illescas, Ana
Mairena, Juan Vicente Melo, José Emilio Pacheco y Carlos Valdés. La selección
de autores fue profesional y exquisita, un verdadero repertorio de historias
que conformaban la nueva era de la cuentística mexicana.
El suplemento inicia con la historia de Ana
Mairena: “Caronte se desviste de Eros”. Es interesante que con este
grupo de autores Ana Mairena haya pasado desapercibida, pero esto no es una
novedad, entre seudónimos, difíciles relaciones sociales, y la imposición del
canon literario masculino el trabajo de Ana pasaría desapercibido. El cuento de
Caronte fue ilustrado con una viñeta inédita y desconocida del pintor Vlady, su
amigo y colega.
Utilizando la experiencia de la migración,
la segunda guerra mundial y el proceso industrial, Asunción nos presenta la
historia de André Cormoran, un hombre de 56 años que migró de Marsella cuando
era joven. Llegando a México comenzó a establecerse y a trabajar para ganar sus
primeros millones. El personaje de André Cormoran es frío e imponente, Asunción
lo describe como “aquel francesito de mirada de cuervo marino que hacía
honor a su apellido, manos exaltadas […], dientes resueltos y largos a quienes
resultaban cortos, para cubrirlos por completo, sus labios delgados, mentón
agresivo y estatura mediana”. El apellido de André es una referencia al ave
cormoran que tiene el pelaje negro y los ojos de color agua marina, de la misma
manera, su nombre es otra referencia al escritor André Gide.
Después de presentarnos al personaje
comienza el dilema de la historia, una serie de malestares que empiezan
deteriorar la salud de André, cosa que le impiden cumplir con su rutina de
trabajo, incrédulo, hace caso omiso a su enfermedad hasta el punto en que uno
de sus trabajadores le regala un bastón, en ese momento donde André asimilaría
esta figura mítica de Caronte.
De acuerdo a la mitología griega, Caronte es
el barquero que guía a las almas muertas en su camino al otro lado del río,
para poder cruzar se tiene que pagar un precio. Si Caronte guía a las almas,
¿quién lo guía a él? ¿cuál es el pago que debe hacer Caronte para llegar al
otro lado del río? André comienza su camino a través de los estudios médicos,
muchos de ellos realizados por doctores charlatanes e interesados en quitarle
toda la fortuna que había amasado durante tantos años. Al descubrir su diagnóstico
por cuenta propia, André acepta la propuesta de uno de sus subordinados,
mostrar sus análisis a un joven médico recién graduado de una prestigiosa
universidad americana; “Y habló, habló con tal fuego y entusiasmo, como si
en lugar de recomendar a un nuevo médico, le estuviese proponiendo una tardía y
enloquecedora aventura sentimental”.
El encuentro entre André y el joven doctor
se da en la alcoba del empresario, al verse por primera vez, los ojos del
hombre se impregnan en la imagen del niño con cuerpo de un hombre, la primera
palabra que sale de la boca de André es “Eros”, comparando al joven médico con
el dios del amor, la atracción sexual y la fertilidad. Es en los ojos, en la
mirada donde el hombre reconoce a su amado, justo como lo plantea José Joaquín
Blanco en su ensayo “Ojos que dan pánico soñar”, la mirada es el
descubrimiento de la identidad y la preferencia homosexual.
Al quedar impactado, André decide sincerarse
sobre su propia condición:
Lo
hizo hablar, lo obligó a confesarle los más íntimos detalles de su propia
experiencia sensorial que, sólo hasta ese instante preciso, supo cuán
agudamente se le había desarrollado en los últimos meses. Sabía más de su
cuerpo herido de lo que había sabido de su cuerpo sano en cincuenta y seis años
de vida. Debió decirle a este joven más, mucho más de lo que antes dijo a
ningún otro médico. Minutos después sintió las dos manos finas y sensitivas
palparle el cuello con leves movimientos de alas plumadas y certeras y cuando
tocó sus carótidas, André contempló en los ojos del joven médico una
certidumbre que, al punto, se retrajo agazapándose como algo intensamente
peligroso.
Después del encuentro se lleva a cabo una
reunión de doctores en donde por fin se discute un diagnóstico, André estaba
únicamente interesado en el joven médico al que sólo llamaba Eros: “al punto
y con íntimo regodeo, monsieur Cormoran comprobó en los ojos de las eminencias
cómo resentían la presencia de su joven Eros […], André no tuvo ojos sino para
su Eros […], André, ya no lo llamaría de otra manera y poco le importaba el
nombre que llevase sobre la tierra, puesto que, de hoy en adelante, él se negaría
a incrustarlo en su memoria cognociva”. El único que pudo descubrir el
diagnostico a partir de los síntomas fue el joven Eros. André Cormoran sufría
de un astrocitoma (un tumor en la parte central del cerebro). André, elegiría
al joven médico como su único doctor.
La vida del empresario, siempre vista con
pesimismo por fin había cambiado, estaba vivo y a pesar de la situación su
deseo de vivir y estar con Eros era más fuerte. A medida que pasaba el tiempo y
se iban efectuando los análisis finales, el joven médico le solicito a André ir
a Chicago a seguir el tratamiento, El hombre aceptó con la condición de que
Eros lo acompañara en todo momento, su viaje fue la reafirmación del amor que
sentía por aquel chico:
El
viernes, a las diez de la mañana y por la Pan American, partieron paciente y
médico. Esa misma noche y en una lujosa suite del Sheraton, Eros fue por unas
horas su hijo; el hijo que André no pudo tener sobre la tierra. Lo ayudó a
acostarse, arregló sus pertenencias íntimas con ademanes callados y naturales y
a la mañana siguiente lo aseó y lo afeitó para llevarlo al hospital. Esa última
noche de libertad, su insomnio tuvo extrañas dulzuras. Pudo escuchar por la
puerta que había dejado provisoriamente abierta a su Eros, la respiración
pausada y confortante de una compañía milagrosa a su alcance […], de su mano
sufrió las terribles arteriografías. A su mano aferrado penetró en la sala de
operaciones.
En este cuento la homosexualidad no se
convierte en un problema, por el contrario, el despertar de su deseo es lo que
impulsa André a vivir nuevamente.
No se sabe el final de la historia, si
sobrevivió a la cirugía y si se curó, desde que el empresario conoció al joven
médico su salud comenzó a mejorar como si hubiera ocurrido un milagro, el
milagro del amor. Su cuerpo, que sufría constantemente, ahora parecía inmune a
los terribles procedimientos, el enamoramiento de André se reflejaba en su
mirada, en sus ojos que por fin habían despertado: “De aquel consultorio
salió el hombre con una mirada nueva, una mirada mutilada, pero nueva”.
André estaba casado, pero la relación con su
esposa era fría y ausente, el mismo confiesa su desconocimiento de la mujer: “hoy
podía haber confesado, sin mentir, que no conocía el color exacto del cielo, ni
los ojos de una mujer”. Cuando se enamora de Eros, la imagen que tenía de
su esposa cambia a una figura desagradable que sólo puede observarla con
crueldad.
A pesar de que el personaje de André
Cormoran es malo en esencia, su dolor y su frustración causa empatía. Cuando se
enamora, el personaje se vuelve enternecedor porque se muestra humano y
vulnerable, su corazón callado encuentra la dicha y la alegría, el mundo
material pasa a segundo plano, todo se reduce a la compañía del amado.
“Caronte se desviste de Eros” es un cuento
agradable, escrito desde otra perspectiva, aquí, el sujeto homosexual no sufre,
sólo se descubre, se le quita el velo de la mirada. Este aporte que logra
Asunción es sin duda un cambio en la perspectiva que se tiene de la
homosexualidad, un hombre frío y avaro de cincuenta y seis años que despierta
su deseo mostrando una necesidad de afecto. El cambio nos ayuda a reflexionar
sobre los cuentos que se estaban escribiendo en ese periodo, su aporte a las
letras nos ayuda a entender, que el ser homosexual puede ser un motivo de
fuerza y renovación.
***
El
cuento de Asunción izquierdo forma parte de un grupo de historias que
actualmente no se han documentado y tampoco publicado en ensayos y en
antologías que celebran el cuento LGBTIQ mexicano. Las publicaciones que se han
realizado nos ayudan a entender el paso de una década a otra, pero es necesario
hacer una revisión más crítica y severa de este primer periodo.
Por otra parte, Asunción Izquierdo es una
autora que se encuentra relativamente secuestrada, las investigaciones respecto
a esta escritora han sido lentas debido al separatismo que se ha formulado en
la academia y en los derechos que existen en torno a su obra. Quieren lucrar
con sus libros, además, las investigaciones sólo se las están permitiendo a
mujeres.
Es importante que se rompan estos estereotipos y se comiencen a hacer trabajos
verdaderamente críticos respecto a la escritura de nuestro país.
De la misma manera, las antologías de cuento
han sido separatistas omitiendo el cuento lésbico o sólo haciendo selecciones
que beneficien a escritores varones. Además, se necesita realizar una nueva
investigación que explique el periodo de 1900 a 1950.
El tiempo nos ayudará a publicar antologías
más nutridas en donde Ana Mairena y otros autores desconocidos aparezcan y
ayuden a terminar esta cronología del cuento diverso.
AQUÍ LES COMPARTIMOS EL CUENTO.
CARONTE SE DESVISTE DE
EROS
Ana Mairena
¡Mayo, hermoso mes!
¿Había reparado él, alguna vez, en los meses del año, así, sencillamente, como
humanas marcas relacionadas con el estacional círculo mágico de la naturaleza?
¿No habían sido siempre y para él, nombres sucesivos e impresos en el pequeño
calendario de bronce de su imponente escritorio, apenas buenos para señalar
vencimientos de letras de cambio, envíos, citas de negocios, comidas, cenas y
todo aquel engranaje minucioso y bien aceitado de su vida, como grande hombre
de empresa?
¡Hermoso mes de misteriosas y desatadas
potencias ignoradas por él! ¡Hermoso y cálido mes venido demasiado tarde a la
vida! Cincuenta y seis años, no eran muchos; lo hubieran sido si los hubiese,
en realidad, vivido; sin embargo, todos ellos no habían sido otra cosa que una
simple preparación para vivir. Una preparación tan larga que a él se le había
hecho corta entre las manos, sin haber sabido ponerle punto y aparte a tiempo.
Siempre sobreexcitado por una reptante voluntad de triunfar, de acumular dinero,
de maniobrar hasta colocar bajo su timón empresas y más empresas, al extremo de
que hoy podía haber confesado, sin mentir, que no conocía el color exacto del
cielo, ni los ojos de una mujer.
Todo partió de aquella fatigosa comida en el
club de banqueros en diciembre pasado. Reparó, entonces, que hacía años que no
lograba un sueño reparador y reparó, porque, por la primera vez, experimentó
una extraña somnolencia que no era lógico atribuir a excesos en la comida, ni a
la bebida. Es más, funciones tan naturales como son comer y beber, y otras, las
había hecho él siempre, en forma tan maquinal, que también podía decir que
nunca las había gustado conscientemente; por lo que no era aventurado afirmar
que quizá él nunca había comido, ni bebido, ni copulado como cualquier mortal.
Tras la somnolencia, advirtió de pronto un
alarmante adormecimiento de su brazo y su pierna derechos y entonces fue cuando
lo asaltó un inenarrable pavor animal, de origen tan bestial, que no tuvo otro
pensamiento que huir, todo él trascendido de un instintivo pudor, de origen
idéntico a su miedo, por ocultar a todos su fulminante debilidad.
Cincuenta y seis años de edad. De veintiocho
había partido de su nativa Marsella hacia Mexique, petit pays inconnu et
inconséquent, que apenas pisado se le tornó inmenso y codiciable, como
campo vulnerable y magnífico, hecho expresamente para hombres como él.
André Cormoran en aquella fecha y como
cualquier millonario en ciernes podía haber ya relatado pintorescamente cómo
había ganado sus primeros francos, aunque más tarde y también, como cualquier
otro millonario, jamás relataría en qué forma llegó a adquirir sus primeros
millones. Lo cierto fue que aquel francesito de mirada de cuervo marino que
hacía honor a su apellido, manos exaltadas que el país iría, año con año,
aquietando, dientes resueltos y largos a quienes resultaban cortos, para
cubrirlos por completo, sus labios delgados, mentón agresivo y estatura
mediana, se quedó en México y, de paso, con las empresas cuyo encargo de
reorganizar le había sido encomendado por sus jefes en Francia, los que bien
pronto pasaron a socios suyos de la parte minoritaria.
Eran los tiempos en los que, de la Europa
sobresaltada, empezaba a desplazarse el capital a la zaga de terrenos más
propios (apátrida, por excelencia, el capital suele gozar de una especial
virtud premonitoria que le permite reconocer, con antelación, los signos
funestos a su multiplicación y seguridad). Eran los tiempos benditos en los que
este país “inconséquent” a juicio de André Cormoran y muchos otros,
estaba todavía metido dentro de su nuez revolucionaria. Una nuez cerrada y
hermosa, grávida de su germen y mexicana hasta el tuétano; cuya dura corteza
patriótica, seis años más tarde del arribo de monsieur Cormoran, 1938,
haría sentir al mundo, por la mano de Cárdenas, la inmovilidad de sus derechos
nacionales.
Pero monsieur Cormoran sabía mejor,
sabía; y su experiencia llegó a confirmárselo plenamente, que cada seis años y
en un país “inconséquent” como éste, tan colmado de posibilidades iría
sucediéndose gente menos entera y más vulnerable a la deriva; bien deslumbrados
por espejismos poco legítimos o por inconfesables ambiciones personales. Lo
cierto fue que monsieur Cormoran no tuvo que esperar mucho y que, al
final de veintiocho años, aquí estaba “I’inmense pays” favorablemente
agrietado a la rosa de los vientos y cada vez más lejos de Dios y más cerca del
inescrupuloso Norte plutócrata.
Pero esto de ahora, repentinamente, le había
dejado de interesar a André Cormoran y, para ser precisos, le dejó de importar
desde el instante mismo en que sintió cómo invadía la parálisis la mitad de su
cuerpo en el club de banqueros.
Esa tarde se refugió en su lujosa residencia
de las Lomas. Una casa que podía llamar suya, porque la había pagado y tenía un
lecho en el que revolcaba, noche a noche, su insomnio pertinaz. Una casa, cuya
conveniencia de ser adquirida se la había señalado su mujer; para la cual ni
ella, ni él mismo, habían introducido un solo objeto de elección personal; todo
había quedado en manos especializadas en suntuosidades de este jaez y se
sospechaba hoy que, a ambos, les era extraña como un traje ajeno.
Pero tampoco esto tenía ahora importancia
para André Cormoran. Esa tarde en que se refugió en su casa como una bestia mal
herida en su infecto cubil, se dirigió trabajosamente al pequeño y lujoso
elevador y se encerró con llave en su habitación. Una sola vez, como a las diez
de la noche, sintió los pasos apagados de Agnes y un leve toque de sus nudillos
sarmentosos a la puerta. No contestó, tenía la luz apagada y ella debió creer
que dormía, cuando no podía, por menos, de tener sus sentidos clavados en el
lado adormecido de su cuerpo.
A la mañana siguiente trató de salir a la
acostumbrada hora temprana para la oficina y, por primera vez, se hizo llevar
el desayuno a la cama. No quería que nadie presenciase los esfuerzos que tuvo
que hacer para llevarse el alimento a la boca. Su mano derecha apenas si
alcanzaba a llevarle la taza a la altura de los labios, por lo que se vio
obligado a inclinarse y sorber dificultosamente el café enfriado. Cuando logró
erguirse, advirtió que arrastraba el pie derecho y le pesaba como plomo. No
pensó en llamar ningún médico; él había sido siempre un hombre excepcionalmente
sano y nunca había necesitado de esa clase de servicios pagados y humillantes
que coloca a un hombre, frente a otro, en la peor de las dependencias de
inferioridad física. Su extraordinaria voluntad le permitió todavía ocultar a
los otros, y por varias semanas, su deficiencia ambulatoria. Pero un día
Gasselin, su secretario particular, colocó sobre el ministerial escritorio una
caja alargada que resultó ser un finísimo bastón de Malaca. Un obsequio tardío
de Noel, musitó entre dientes, y eso, tan sencillo, desató todo. Y como odio al
bicho, cómo se dio cuenta de que lo había estado odiando años y años, a
despecho de toda su irremplazable y magnifica eficiencia. ¿Odio? Odio no había
experimentado nunca hacia nadie, ni tampoco amor.
Como por artes maléficas, pronto se le echó
encima una avalancha de médicos, una avalancha de eminencias llevadas a él por
los llamados amigos, gerentes, por toda clase de conocidos. Uno de ellos hasta
se brindó a tomar un avión y llevar toda clase de análisis y exámenes a los que
fue concienzudamente sometido por semanas y semanas y lograr un diagnóstico de
una acreditada clínica de Norteamérica. Y se dejó hacer; cada vez fue dejándose
hacer más y más; eso sí, sin reconocer expresamente y ante sí mismo que era un
ser herido de muerte. ¡Estaba la muerte tan al margen de él, de él que no había
vivido y, por tanto, no podía morir! Y por eso siguió asistiendo puntualmente a
su oficina y por eso se negó a tomar un avión e internarse en aquella clínica
de Estados Unidos a la que sus millones le brindarían fácil acceso. Cuando
regresó el amigo de allá, tomó las hojas que le entregó, las hizo traducir por
un intérprete extraño y sin ningún nexo con sus empresas ni conocidos y se las
guardó en el bolsillo interior del lado del corazón; no sin haberlas leído
despaciosamente y en la misma forma helada con la que solía examinar informes y
balances. Sin embargo, también fue la primera vez que lamentó su repugnancia a
aprender otros idiomas, puesto que, hasta el castellano lo martajaba mal tras
veintiocho años de expresarse forzadamente en él.
Descartó al punto la idea del amigo acerca
de tomar el avión y trasladarse a la susodicha clínica. No había hecho un solo
viaje en veintiocho años, fuera de los muy breves Acapulco, a Monterrey, a
Guadalajara, a Mazatlán, donde solían realizarse las juntas anuales de
banqueros. Fuera también de aquel otro Francia, siete años después de su arribo
a México para casarse con Agnes, la noviecita de adolescencia que lo había
esperado lealmente quince largos años. ¿Lealmente? ¿Habría tenido Agnes alguna
modesta oportunidad de unirse burguesamente con alguien que no fuese él?
Lo maravilloso, algo igualmente tan
maravilloso y tan sencillo como el hecho inusitado de haberse dado hoy cuenta
de estar a los primeros días de mayo, un hermoso mes desconocido y misterioso,
todo él colmado de potencias insospechadas, le ocurrió a André Cormoran hacía
apenas tres prodigiosas semanas y en ellas había visto trastornada toda su
manera de ser. Ocurrió así. Uno de sus gerentes, por cierto, de una de una de
sus empresas menos importantes, don Ramón Prats, catalán, llegó esa tarde a
hablarle de un joven médico, recién posgraduado de un hospital americano. André
había tenido poquísimas oportunidades de tratar a su gerente, un hombrecillo
florido, de anchos hombros y cabeza oscura clavada a machamartillo entre ellos
y labios gruesos que encontraban difícil abrirse paso en español: pero que
solía exponer firmemente los problemas de la negociación a su cargo, sin una
palabra de más y con una claridad positiva. Inusitadamente esa tarde se mostró
con un rostro nuevo y el habla locuaz a la manera de un fresco soplo de
optimismo. Y habló, con tal fuego y entusiasmo, como si en lugar de recomendar
a un nuevo médico, le estuviese proponiendo una tardía y enloquecedora aventura
sentimental. A los pocos minutos el propio André se percató de que lo invadía
una excitación lamentable, una sensación deformadora de la realidad hacia
caminos no transitados; y él, que ya se sentía harto de ser examinado y
explorado por docenas de manos mercenarias, repentinamente accedió y accedió en
los momentos en los que su gerente le relataba un, a su decir, verdadero
milagro de curación en —ahora y entonces le fue imposible recordar en quién, y
a ciencia cierta lo que menos le importó fue el llamado milagro— muy cercano
ser a su gerente.
—¿Puede llevar a ese médico a las seis en
punto, a mi casa?
El hombre vaciló un instante de ráfaga;
luego, con toda su seguridad fenicia, afirmó:
—Se lo llevaré yo mismo. Son las cuatro, me
quedan dos horas para localizarlo.
—Quiero que asista a una junta de médicos
que tendrá lugar a las siete en punto. Le daremos una hora de antelación a su
médico para que me examine. Tenga presente, señor Prats, que entre esas raras
aves médicas que rigen escrúpulos incomprensibles para nosotros, hombres de
negocios. No creo que pueda hacerlo. Tengo entendido que no acuden, si no los
llama uno de los médicos encargados del caso.
—Recontra, usted lo tendrá allí; eso corre
de mi cuenta.
Y, rudamente decidido, el hombre escapó.
Dos horas más tarde estaban ambos con él.
Dos horas en las que, extrañamente, no le desapareció la excitación anterior;
antes bien le pareció estar aspirando un vaho de indolencia irresistible, de
delicia inefable, que lo hacía sentirse arrullado suavemente como debió
estarlo, de lactante, en el regazo materno.
Había elegido para recibirlos su propia
alcoba. Claro está que lo natural es recibir a un médico allí; sin embargo,
André sospechó desde el primer momento, que su resolución había adolecido de
una premeditación cuyo exacto sentido se le escabullía, como se le escapó
también el empeño que puso en que su mujer estuviese ausente de la casa por dos
horas y que no hubiese más servidumbre a la vista, que la del viejo mayordomo.
Le bastó un solo gesto para hacer
desaparecer de su presencia al gerente e inmediatamente se quedó a solas con el
médico. Es posible que los dos lo saludasen y sin duda hubo una especie de
presentación convencional; pero nada de ello tuvo lugar cierto.
¡Demasiado joven, casi infantil! Recordó
después que había sido su primera impresión. Y qué pálido y armoniosamente
austero el rostro inteligente, con una palidez de lámpara sin sombra de
quirófano. Quizá demasiado corto el cabello endrino; no debía estorbarle bajo
el casco blanco de cirujano cuando se encontrase bisturí en mano. La nariz
recta y grande y la boca de niño, gruesa y encendida, casi vulnerable; pero la
expresión de los ojos, de una serena profundidad casi divina, lo que le
otorgaba mayormente aquella calidad extraordinaria que hacía pensar en la
imposibilidad de encontrar nada más bellamente acabado.
—¡Eros! —musitó André—. Las finas cejas del
hombre joven parecieron temblar y apercibirse de la inusitada exclamación; pero
sus oídos demostraron, demasiado ostensiblemente, no haberla escuchado.
Brevemente, con una habilísima forma de
interrogar que aparentaba no estar interrogando, lo hizo hablar, lo obligó a
confesarle los más íntimos detalles de su propia experiencia sensorial que,
sólo hasta ese instante preciso, supo cuán agudamente se le había desarrollado
en los últimos meses. Sabía más de su cuerpo herido de lo que había sabido de
su cuerpo sano en cincuenta y seis años de vida. Debió decirle a este joven
más, mucho más de lo que antes dijo a ningún otro médico. Minutos después
sintió las dos manos finas y sensitivas palparle el cuello con leves
movimientos de alas plumadas y certeras y cuando tocó sus carótidas, André
contempló en los ojos del joven médico una certidumbre que, al punto, se
retrajo agazapándose como algo intensamente peligroso.
En este momento fue cuando la entrada del
mayordomo, anunciando la llegada de los otros médicos para la junta, rompió el
encanto, un encanto malévolo, engendrador de una mortal belleza. Y entonces,
asimismo, y sin negárselo expresamente, André rehuyó hacerle entrega de aquel
legajo voluminoso, y para él cifrado, que venía ya siendo [lo] que las
eminencias habían dado en llamar su historia clínica: la historia clínica de
André Cormoran. No, lo dejaría ir solo y desarmado, si desarmado estaba.
Inmediatamente lo invitó a seguirlo a la enjaulada elegancia moderna de su
elevador ridículo y le gustó, sobremanera, la forma en la que el hombre joven
lo ayudó a caminar, como si su gesto fuese de lo más natural. Era la primera
vez, desde hacía seis meses, que tal ayuda no produjo en André la viscosa
sensación humillante de ser ayudado.
Al punto y con íntimo regodeo, monsieur
Cormoran comprobó en los ojos de las eminencias cómo resentían la presencia de
su joven Eros. No era difícil leer en las viejas frentes su forzosa admisión en
calidad de capricho de viejo millonario. Y dejó a su Eros a solas en la cueva
que, de pronto, se le antojó hermosa y poco frecuentada biblioteca. Debieron
hablar los seis por espacio de más de una hora. Pero André se maravilló de no
sentir impaciencia, ni curiosidad, aun sabiéndose reo del extraño concilio. No
obstante, tuvo tiempo de pensar en la muerte como algo repentinamente suyo y
querido, él, que había visto morir repetidas veces y siempre como algo ajeno a
él, e intangible.
Al salir los seis, André no tuvo ojos sino
para su Eros, el último; y fue Eros quien habló con palabras al principio
sencillas y comprensibles
—Disiento en absoluto de mis colegas. A
quien menos sorprendió la rotundez de la frase, fue a André mismo, y sus
párpados sufrieron un gozoso estremecimiento. ¡Disienta! ¿Para la vida o la
muerte? Había dejado de importarle. Y sus ojos, los ojos de André lo obligaron
a hablar. El joven dejaba caer neutralmente las palabras, casi sin esfuerzo, si
tras de ellas no se hubiese advertido la tensión de no hacérselas comprensibles
al propio André. Pero él, André, las iba reconociendo con una lucidez
suprahumana. Eran las mismas, las mismas hasta aquel instante cifradas, que
conservaba en el bolsillo frente a su corazón. Las eminencias escuchaban
pacientemente con una leve, pero muy positiva y alardeante superioridad; casi
podía asegurarse que habían cerrado físicamente sus oídos. Y… Eros dejó de
hablar. Él, André, ya no lo llamaría de otra manera y poco le importaba el
nombre que llevase sobre la tierra, puesto que, de hoy en adelante, él se
negaría a incrustarlo en su memoria cognociva.
De pronto, y casi espectacularmente, André
extrajo los preciados papeles de su bolsillo frente al corazón y los entregó a
uno de ellos, mientras en su cerebro intoxicado seguían vibrando dos temerosas
palabras de su Eros, sin preciso significado para él: “glioblastoma o
astrocitoma”. Eso sí, comprendía que a una de ellas estaba anclada y
esperándolo la temible barca de las velas color de fuego y le gustó la hermosa
eufonía de la segunda: astrocitoma.
Con impasible indiferencia, tal si en
aquellos papeles lo que estaba escrito fuese materia de un ser bien alejado de
él, dejó a las cinco cabezas inclinadas que embebieran su contenido. Por su
parte, a André le fue más agradable contemplar, sin pudor, al joven médico que
se había colocado en segundo término respetuoso y que parecía resplandecer
rodeado de su propia intencionada sombra.
Por fin, uno de ellos, y como a remolque,
musito:
—Coincide, es verdad, coincide con el joven
colega. Pero ninguno de los cinco tuvo el impulso noble de pasarle a Eros el
diagnóstico extranjero. Éste, por su parte, tampoco mostró mayor interés en
leerlo; casi podía afirmarse que lo conocía, como si él mismo lo hubiese
escrito. Tuvo que ser André quien lo pusiese en sus manos dulcemente, casi
paternalmente.
Los cinco acabaron por despedirse. Para monsieur
Cormoran fue una despedida formal, no sería él quien les volviese a franquear
la puerta de su casa. Eros elevó los ojos e inclinó su luminosa frente. No le
estrecharon la mano, y esto regocijó a André.
Y desde esa noche Eros fue su único médico.
Y monsieur Cormoran ya no salió de casa a la espera de la breve visita
nocturna y la diaria inyección. Los días empezaron a deslizarse febrilmente,
desasosegadamente hasta la hora de paz y encanto de la noche. En una de ellas,
Eros le pidió un solo análisis más, el de fondo de ojo. Lo realizó gustoso. De
aquel consultorio salió el hombre con una mirada nueva, una mirada mutilada,
pero nueva. En vano se esforzó por engañarse a sí mismo y al oftalmólogo. Había
campos no visibles de su lado izquierdo, del lado contrario a su incipiente
parálisis.
Las inyecciones o la brevísima presencia
diaria de Eros había obrado el milagro de que pudiese elevar su brazo derecho
hasta la frente, nada más. Y esa noche en que le mostró el dictamen del
oftalmólogo, vio claramente aletear, una vez más al igual que en el primer
instante de su singular encuentro, las sensitivas cejas de Eros. Esa noche
también le habló él, resueltamente, de la necesidad de emprender un viaje y
efectuar un check-up en una clínica del sur de los Estados Unidos.
—¿La clínica donde se había él posgraduado?
—No, la suya estaba mucho más al norte, en
Chicago.
—¿Por qué no aquella?
Al formular la pregunta, André experimentó
el irrefrenable deseo de pisar lugares que habían retenido por años, la
estudiosa vida de su Eros. Sin embargo, el joven con aquella su voz honesta y
hablando en su medio tono sonoro e insospechablemente suave, replicó:
—No, esta otra es más especializada para su
caso y en ella tengo también cordiales relaciones con maestros notables y
amigos médicos a los que puedo hablarles esta misma noche por teléfono y
arreglar su inmediata entrada, digamos, para el domingo próximo.
—¿Es tal la urgencia? Bien, acepto; pero
siempre que sea usted quien me acompañe.
Aquello que sonaba a orden no era en André
sino la más patética súplica de un ser que se ahoga. Había usado, también, el usted
formal cuando todos sus sentimientos turbados lo impelían a ligar al joven con
un tuteo familiar y amoroso. Jamás sufrió un espanto igual a aquel de temer una
negativa del joven médico. Lo escuchó musitar algo así sobre “su hospital,
sobre decenas de enfermos operados o en vías de operar”. ¿Había dicho todo eso?
Quizá no, quizá lo leyó André en su frente extrañamente responsable y luminosa
para tan pocos años de edad.
—¡Resuélvase! Lo instó.
—Bien.
—Mañana le enviaré su boleto de avión.
Saldremos el viernes.
Ahora era a él a quien le urgía hacer aquel
viaje y cavilando se perdió en el infinito. Esa noche no supo en qué momento se
despidió Eros de él.
Si el examen del oftalmólogo le reveló
campos vedados a su visión, como antes hemos dicho, también le lavó los ojos y
le otorgó una manera flamante de ver. Con esa mirada nueva y cruel examinó esa
misma noche a su mujer Agnes, a la insignificante figurita quejumbrosa y
envejecida que sólo sabía decirle: “mon petit”, “mon pauvre petit amour” y que
ni siquiera había sido capaz de darle un hijo en aquellos insípidos veintiún
años de su matrimonio. Quizá, por todo esto, se negó rotundamente a que lo
acompañase cuando tuvo que participarle su inminente viaje. Si debía morir,
moriría solo en otra tierra extraña, como extraña había seguido siendo la
tierra en que gastó, sin saber, la mitad mejor de su vida. Y con esos mismos
ojos también, esta mañana en que había acudido por última vez a su oficina y se
había dado repentina cuenta de que estaba dentro de los primeros días cálidos y
vitales de este mes de mayo, hizo repaso de todos sus empleados, del jesuítico
Gasselin, su secretario, y de sus llamados amigos. Todos, todos alimañas y
sanguijuelas al asecho de sus insignificantes cuanto numerosos millones.
Arregló papeles, dictó testamento y se deshizo de bagaje.
El viernes, a las diez de la mañana y por la
Pan American, partieron paciente y médico. Esa misma noche y en una
lujosa suite del Sheraton, Eros fue por unas horas su hijo; el hijo que André
no pudo tener sobre la tierra. Lo ayudó a acostarse, arregló sus pertenencias
íntimas con ademanes callados y naturales y a la mañana siguiente lo aseó y lo
afeitó para llevarlo al hospital. Esa última noche de libertad, su insomnio
tuvo extrañas dulzuras. Pudo escuchar por la puerta que había dejado
provisoriamente abierta a su Eros, la respiración pausada y confortante de una
compañía milagrosa a su alcance.
Domingo, lunes, martes, miércoles, hasta la
madrugada del jueves, Eros apenas si se le separó breves instantes; a su voz
mágica todos los exámenes molestos y dolorosos adquirieron una rutina aceitada
y eficiente. De su mano sufrió las terribles arteriografías. A su mano aferrado
penetró en la sala de operaciones.